Era fines de enero del año 1984 cuando nos encontramos un grupo de amigos en el restaurante “El Farolito” ubicado en la calle San Martín de Tarapoto, una ciudad de la selva peruana, animándonos a hacer una especie de “safari” por los bosques vírgenes tropicales.
Le dije al grupo… escuchen bien, los objetivos son dos: el primero, por supuesto, vivir la gran aventura, y el segundo, como “segundo” y como excusa, delimitar tierras para tomar posesión de ellas y destinarlas a la ganadería y agricultura… aunque sabemos que no tenemos el dinero suficiente para ello…
Ja ja ja, lo que tienes que decir a tu mujer para que te deje viajar, me contesto Miguel Tapia…
A ella le tienes miedo pero no a las alimañas replico Kuno Chávez Tafur…
Quiero ver a esta tira de blanquitos capitalinos en medio de la selva, dijo el tarapotino Rodner Lozano quien nos guiaría en la excursión …
¿Poigdo acumpajñiarlos?... escuchamos, dimos vuelta la cabeza y nos encontramos con un rubio y barbudo turista mochilero suizo de nombre Francis.
¡¡¡Por supuesto, y gratis!!!... le contesté de inmediato y gritó: ¡¡¡huuugraaa!!!
Los días siguientes trazamos la ruta a seguir, calculamos la duración de la expedición y compramos el equipo con los alimentos, mas cinco cajas de whisky. La expedición duraría un mes y la meta era llegar hasta un territorio virgen entre la provincia de Lamas y Balsapuerto, que quedaba en la provincia de Alto Amazonas.
Justo cuatro días antes de salir, cuando ya teníamos todo preparado, me enfermé de tifoidea… pero no podía dejar de ir. Tomé pastillas de sulfa (Bactrim) durante todo lo que duró mi enfermedad (15 días) pero ya estaba harto de las diarreas y la falta de fuerzas. Una semana antes de salir tuvimos que tomar pastillas para inmunizarnos contra la malaria, amén de habernos vacunado contra la fiebre amarilla.
El día “D”, a la madrugada, nos embarcamos en mi camioneta partiendo rumbo al norte de Tarapoto, llevábamos de todo incluso armas (llevaba mi revolver Mágnum 357) para no correr riesgos de asaltos y ataques de animales. Nos acompañaba mi fiel peón enorme y fuerte llamado Marcial.
Saliendo de Tarapoto nos enrumbamos por la carretera Tarapoto-Yurimaguas, a través del cerro escalera (impresionante mini cordillera llena de precipicios y lluvias), la carretera no era asfaltada. Era muy estrecha y para que pasen dos vehículos había que realizar difíciles maniobras.
Cuando llegamos al kilómetro 36 nos encontramos con un camión parado en medio de la carretera. El chofer, con una mujer, se estaba bañando desnudo en una cascadita. Lo increpé para que mueva el camión y nos deje pasar pero me mandó a la mierda, así que saqué mi Mágnum 357 y disparé 3 tiros al aire que sonaron como cañonazos. Desnudo, mojadito y lloriqueando a gritos me pidió perdón el animal, corrió hacia su camión y lo movió… pasamos. Pero una persona, que iba adelante en moto, nos vio y nos acusó en un puesto policial por el kilómetro 70, en un sitio llamado Pongo de Cainarachi.
Pongo de Cainarachi es una pequeña aldea a las orillas del río Cainarachi, ese río se cruza dos veces, una a mitad del camino en otra aldea llamada Progreso y la otra donde dijimos. La vista es exuberante, los precipicios son espectaculares durante todo el recorrido hasta el Pongo, y, en Progreso, el agua del Cainarachi es totalmente transparente con arenas blancas, todo un paraíso tropical.
Cuando nos tocó pasar por el Pongo de Cainarachi, después del medio día, los policías del puesto se habían escondido atrás del puesto y con armas al ristre. Me bajé de la camioneta y hablé con ellos. Me dijeron que pensaban que éramos terroristas y que por eso se habían escondido, nos tomamos dos botellas de whisky con ellos. Hubo mucha alegría.
Seguimos viaje hasta el kilómetro 8O donde se encuentra una aldea llamada Alianza y el puente sobre el río Shanusi, en esa aldea nos encontramos con el interprete que ya había ido a la meta antes que nosotros para avisar de nuestra llegada y dejamos la camioneta para embarcarnos con todo el equipo en dos canoas a motor llamadas pequepeque, porque el motor suena pequepequepequepeque...
No era época de lluvias así que el río estaba tan bajo que en algunos puntos nos bajábamos y cargábamos las canoas para poder seguir avanzando. Nuestro rumbo era río arriba, en contra de la corriente, por lo que íbamos muy despacio.
Navegamos casi 10 horas hasta un caserío llamado Alfonso Ugarte, punto de partida para la trayectoria a pie. Tres horas antes de llegar al caserío disparé 2 veces como señal de nuestro pronto arribo y los lugareños, que oyeron los disparos desde lejos gracias al silencio de la selva, empezaron a matar los pollos que comeríamos aquella madrugada.
Llegamos y ese nuevo día lo aprovechamos para descansar y reclutar a los cargadores (20) y a un cocinero, todos nativos de Alfonso Ugarte.
Yo seguía con mis diarreas, así que fui al baño – caseta sobre 2 troncos arriba de una zanja – y, cuando estaba cagando, ví en la zanja un chancho negro con manchas blancas con la boca hacia arriba tragándose mi producción con tifoidea.
A la madrugada siguiente ví que mataron justo ese chancho, lo cocinaron y se repartió para que los visitantes comieran… no dije nada hasta que acabaron de comer… allí abrí la boca y conté… gritos desesperados e insultos.
Durante esa madrugada nos preparamos para salir después del rico desayuno con chancho – y bien chancho – repartiendo la carga entre los cargadores – habían unos que cargaban hasta dos cajas de whisky, cruzamos el río Shanusi y remontamos hacia el norte, camino a la tierra prometida.
La vegetación era frondosa y exuberante, muy salvaje, y teníamos que tener mucho cuidado con las serpientes, nos cruzamos con más de treinta durante la caminata. Íbamos a caminar por más de ocho horas a un ritmo de tres y medio kilómetros por hora parando únicamente para almorzar embutidos preparados para parar el menor tiempo posible porque teníamos que llegar a la meta antes del anochecer.
Cruzamos cuatro ríos antes de llegar. En el medio del trayecto nos encontramos con dos nativas jóvenes vestidas únicamente por taparrabos de hojas que nos vieron y salieron despavoridas gritando como si hubieran visto al mismo diablo, desaparecieron en la espesura.
Lo fuera de serie es que, debido a mi tifoidea, los ríos que crucé los hice en una hamaca sostenida por una rama que cargaban en sus cabezas dos cargadores… fotos y burlas de mis compañeros.
Tuvimos la suerte de que se nos cruzara un sajino – jabalí – que fue inmediatamente fusilado, desollado y salado para que a los días siguientes fuera cocinado y devorado.
Llegamos a nuestro primer punto de la meta cuando ya anochecía. Buscamos con urgencia grupos de árboles que estuvieran los suficientemente juntos como para armar todas las hamacas porque era muy peligroso dormir en el suelo tanto por las serpientes como por las arañas tarántulas y las hormigas gigantes llamadas isulas (una picadita significaba 40 grados de fiebre).
La primera noche nos tomamos medio cajón de whisky como para olvidar los peligros de la selva virgen… abundaron los chistes cojudos y los vómitos.
Al día siguiente, a la madrugada, todos sentíamos la sensación de que varios ojitos ocultos nos vigilaban, y de la sensación pasamos a la realidad cuando Willi – el cocinero – gritó: ¡¡¡nos han robado el sajino!!!… detrás de la espesura empezaron a aparecer las puntas de las cerbatanas con curare (pucuna ampi en idioma de los nativos) que nos apuntaban… milagrosamente desaparecieron antes de que nos pasara cualquier cosa.
Llamé al intérprete y le dije: ¿acaso no avisaste de nuestra llegada?... y respondió: sí pero quieren escopetas y cartuchos para cazar, me olvidé de decirle… por suerte que me sobraban cuatro escopetas y diez cajas de cartuchos así que comprometí al interprete a que se hiciera cargo de la entrega.
El intérprete se metió en la espesura, al rato volvió y me dijo: quieren hablar con usted… ¿queee? dije muerto de miedo, ¿para que te pago?... tú habla y no jodas.
El insistió… conmigo no es, es con usted porque dicen que parece mas inteligente que yo ya que nunca habían visto una persona tan blanca como usted. Que voy a hacer… pues fui… pero llevando una caja de whisky… no se porque se me ocurrió… gracias a Dios.
Avancé en la espesura hacia un claro donde ¡¡¡estaba la cabeza del sajino que habíamos cazado, más sus huesos!!!... me senté al lado de ésta y esperé. Pasaron cuatro horas y ya no daba más, entre mi diarrea y el calor que hacía… y aparecieron cuatro nativos, con taparrabos de hojas, las caras pintadas, plumas de varios colores en sus cráneos, huesos atravesados en las orejas y nariz, olor a limpio, y una vasija de barro llena de un brebaje blanco burbujeante – mazato – hecho con yuca – mandioca – masticada y escupida que me pedían que la bebiera…
Pensé: yo soy de otra época y no voy a tomar esa mierda… y, sabiamente, les dije: en mi tribu no tomamos brebajes extraños antes de cazar porque ahuyenta los espíritus de los animales… yo he venido a cazar y he traído mi brebaje mágico que me hará más divertido cazar, se llama whisky y ustedes lo deben tomar para honrar a mi Dios.
Dicho y hecho… empezamos de a poquitos y terminó en una fiesta que casi me nombran rey… nos juntamos todos – los de la tribu y mi grupo – y bebimos hasta la madrugada.
Al día siguiente los balsachos – estos nativos que son jíbaros reducidores de cabeza y que los llaman balsacho por su proximidad a Balsapuerto, Yurimaguas -, una vez pasada la resaca, nos empezaron a presentar a toda la tribu: por cada hombre habían tres o cuatro esposas y alrededor de 15 hijos, todos desnudos salvo las hojas de taparrabos.
Lo más interesante fue observar que a un jefe de familia le di un chicle, el hombre mordisqueo un pedacito mínimo, lo pasó a sus esposas que hicieron lo mismo, y de ahí lo pasaron a los hijos, quienes mordisquearon un pedacito… una pastilla de chicle Adam’s repartida entre más de quince personas… ¡¡¡increíble!!!...
El interprete me explicó que se trataba de la solidaridad que tenían estas personas para con sus familias.
Durante ese día nos dedicamos, con ayuda de los nativos, a construir el campamento… primero cortábamos unas palmeras pequeñas con corteza negra llamadas Pona, cortábamos y golpeábamos dicha corteza que se iba extendiendo formando una especie de rectángulos fuertes para luego ponerlos extendidas arriba de unas ramas sujetadas en cuatro columnas a una altura de un metro del suelo y encima armábamos las carpas… se buscaba estar separados del suelo para evitar la humedad y las alimañas.
Mientras unos hacíamos esto otros se dedicaron a cazar pequeños animales, a pescar y a recolectar frutas para las comidas. Nuestras provisiones, aparte de las avituallas típicas para sostenernos por largo tiempo, eran sobre todo lo necesario para cocinar los alimentos, es decir sal, pimienta, aceite, etc… no los alimentos en sí mismo. Estos los conseguiríamos mediante la caza y la recolección.
Al atardecer nos fuimos a bañar a un arroyo fresco y cristalino, y, mientras nos bañábamos, vimos a dos nativos pescando con anzuelo… me llamó la atención que cada vez que sacaban un pescadito aplanado y redondo, ya en tierra, le daban un mazazo para matarlo y poder sacarle el anzuelo… les pregunté, a través del intérprete, porqué los mataban de esa forma y contestaron que esas pirañas tenían que ser tratadas así porque eran peligrosas… ¡¡¡nadie nos avisó que nos bañábamos en medio de pirañas!!!... salimos disparados del agua…
Al fin llegó la noche, estábamos cansadísimos y con los pies molidos. Comimos temprano y preparamos las telas mosquiteros alrededor de nuestras bolsas de dormir. Inmediatamente después nos pusimos a conversar con los nativos quienes nos contaban historias sobre la selva, sobre todo de duendes y brujos, la pasamos muy bien. Los nativos parecían que hacía mucho tiempo no hablaban, no paraban de hacerlo hasta que les dije que ya no dábamos más y que deberíamos de dormir, así fue que nos dormimos, desmayamos, profundamente hasta un nuevo amanecer.
Continuará..................